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Vn. Ojos del Salado 1.987





Kuntur. Expedición Argentina al Ojos del Salado. Enero ‘87.

Gestando un sueño.
Corría el mes de agosto de 1.986 y después de un intenso entrenamiento en El Palomar, Pablo Schlögl, por entonces Instructor de Andinismo de la Dirección de Deportes de la Universidad Nacional de San Juan y recién llegado de Catamarca, nos contó sobre la intención de preparar una expedición conjunta con la Agrupación de Montaña Calchaquí para escalar el Ojos del Salado (6.864 m.s.n.m.) por la vertiente argentina, es decir, por la cara sureste. Mientras viva, jamás olvidaré el influjo y la corriente motivadora que esa charla originó en nosotros; algunos de los que estábamos allí, ya habíamos escalado varias de las más altas cumbres argentinas, Aconcagua incluido, pero esa conversación tuvo un efecto motivador sin igual. Era un volver a empezar, era un nuevo sueño en el horizonte.
El tiempo, como siempre veloz, empezaba a devorarse los días mientras nos matábamos en la pista de atletismo y planeábamos luego los pasos a seguir. Pero claro, una expedición a la cordillera supone convivir durante días con los compañeros de montaña, a quienes más de una vez uno confía su propia vida, y conformar una expedición conjunta exigía un conocimiento previo, máxime teniendo en cuenta cómo la falta de oxígeno vuelve más irritable a las personas, a la vez que exacerba todos los defectos del carácter.
Tratando de conocernos, sanjuaninos y catamarqueños escalamos el Cerro Blanco de las Cuevas (4.250 m.s.n.m.) en la Precordillera de San Juan durante el mes de octubre, y luego, en la primera semana de diciembre, una verdadera prueba de fuego para el temple y el espíritu de todo montañista, el Cerro Agua Negra (5.500 m.s.n.m.), ya en plena cordillera sanjuanina, famoso por un acarreo interminable y por lo intenso de la puna en esa zona. Y como si la montaña supiese que nos estábamos preparando para un serio objetivo, nos puso a prueba con un duro, frío e interminable vivac a 5.000 metros de altura, antes de poder alcanzar la cumbre.
 
Un sueño en marcha.
Así llegó enero de 1.987 y el día 2 partimos desde San Juan, en un colectivo de la Universidad Nacional de San Juan con destino Catamarca. Pablo Schlögl, como Jefe de Expedición, los montañistas Emilio Burgoa, Leonardo Diez, Alfredo Ross, Alejandro García, Damián Lladó y yo; en tanto que Eugenia Salinas y Grendel Resquín se sumaban en apoyo hasta el Campamento Base. Ni bien llegamos, nos instalamos en el domicilio de los hermanos Luis Alberto y Rubén Perea, otro par de integrantes de la expedición, revolucionando su casa por completo.
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El momento de la partida desde frente a la Catedral Basílica de la Virgen del Valle.

Conforme pasaban los días, mochilas, colchonetas, piquetas, carpas, calentadores, cajas y cajones aparecían por todos lados, transformando el fondo de la casa de Cachi Molas en un verdadero campamento gitano. Finalmente, el día 6 dejamos San Fernando con destino a Fiambalá; en un colectivo de la U.N.Ca., los sanjuaninos más Eduardo Aroca, Oscar Agüero, Rubén Perea, Ángel Ireba, José Luis Brizuela y Lucrecia Molas de la Agrupación de Montaña Calchaquí, y Nora Varela, Luis Alberto Perea, Carlos Mazzuco y Héctor Herrera en representación de la Universidad Nacional de Catamarca, comenzamos a desandar el camino en busca de un sueño.
Ya en Fiambalá, nos instalamos en la actual Hostería, por ese entonces en construcción, a efectos del control final de las cargas y de contratar los servicios de Don Santiago Olmedo, baquiano conocedor de la zona. También allí, pudimos conversar con Luis Sablé, primer fiambalense en alcanzar la cumbre del Ojos del Salado en enero de 1.958, formando parte de la expedición del Dr. Nuciforo. Las referencias y detalles que nos brindó, sumado a las fotos de las distintas vertientes de la montaña logradas al sobrevolarla en avión, nos permitieron definir la ruta a seguir. Allí también se sumaron los últimos integrantes de la expedición: Jhonson Reinoso, Amaro Carrizo, Walter Pereira y José Carrizo del Club Andinista Fiambalá, y José Sahonero, Federico Gómez y Jorge Pinto de Gendarmería Nacional.
Y por fin, el 8 de enero partimos hacia el oeste, hacia la cordillera, en busca de nuestro sueño. Y la cordillera catamarqueña nos ofreció todo su esplendor sin retaceos: Loro Huasi, Las Angosturas, el Valle de Chaschuil, y finalmente, Cazadero Grande, destino final de nuestros vehículos. Y lo que en principio intentaba ser una expedición rápida y liviana, se transformó en una expedición muy numerosa (29 personas), pesada y sumamente lenta, dada la disparidad de experiencias previas y conocimientos técnicos de sus integrantes.
El día 10 iniciamos una fatigosa marcha, remontando el río Aguas Calientes en dirección al noroeste, buscando las nacientes de éste. Tras poco mas de 8 horas, llegamos a El Chorro, un paraje en donde un caprichoso quiebre del curso de agua origina una preciosa cascada. Una cena temprana y a dormir; al día siguiente continuamos remontando el curso de agua, con el Cerro Nacimiento al oeste, para llegar al atardecer al lugar elegido para montar el Campamento Base: el paraje denominado Aguas Calientes, naciente del río homónimo, a 4.250 m.s.n.m.; una quebrada protegida del viento con una vega próxima para las mulas, y con agua que emergía a 19 ºC, constituyendo esto un privilegio en comparación con los ríos de deshielo habituales. Sin embargo, tenía una gran desventaja: estaba a aproximadamente 40 km del pie de la cara sur del Ojos del Salado. No obstante ello, el primer objetivo de nuestra expedición estaba logrado

 

El Campamento Base instalado a 4.250 m.s.n.m., a orillas del río Aguas Calientes.
En los días subsiguientes estuvimos abocados a instalar todas las carpas (13 en total), armar la cocina, instalar el equipo de radio BLU (cedido por la Dirección de Telecomunicaciones de San Juan que, gracias al enlace telefónico, permitía mantener informadas a nuestras familias), y muchas otras tareas, tales como construir un horno o jugar al fútbol que, en última instancia, buscaban un solo objetivo: estimular la creación de glóbulos rojos en nuestros organismos, para facilitar la aclimatación a la altura. Así, divididos en dos grupos, los días 19 y 20 de enero ascendimos el Cerro Aguas Calientes (5.500 m.s.n.m.) en el día, siguiendo un suave filo que lleva directamente a la cumbre, y regresando al Campamento Base.
 
El asalto final.
El día 21, una expedición de la Asociación Tucumana de Andinismo, liderada por Orlando Bravo, ex integrante de la Expedición Argentina al Himalaya que estuvo a metros de alcanzar la por entonces cumbre virgen del Dhaulagiri, arribó a nuestro campamento. Tras el consabido intercambio de ideas, impresiones y consejos, horas después nuestra expedición asistió a uno de los momentos de mayor tensión y dramatismo, cuando Pablo Schlögl, Jefe de Expedición, comunicó cuál sería la estrategia a emplear para intentar la cumbre. Un primer grupo más fuerte, liderado por Schlögl saldría en primer término hacia la montaña, y dos días después lo haría el segundo grupo, liderado por mí, pero cuya posibilidad de ataque a la cumbre estaría supeditada al éxito del primero. También definió quiénes, ante un eventual problema de algún montañista del grupo, deberían bajar acompañándolo, renunciando con ello a la cumbre. No faltó la picardía de Willie Herrera, que bautizó “Las Estrellas” al primer grupo y “El Requecho” al segundo.
Así, el primer grupo, liderado por Pablo Schlögl, junto a Leonardo Diez, Alfredo Ross, Eduardo Aroca, Oscar Agüero, Rubén Perea, Nora Varela, Luis Alberto Perea, Amaro Carrizo, José Carrizo y Federico Gómez inició la marcha el día 24 de enero; en tanto que el segundo grupo, liderado por mí, junto a Emilio Burgoa, Alejandro García, Damián Lladó, Ángel Ireba, José Luis Brizuela, Carlos Mazzuco, Héctor Herrera, Jhonson Reinoso, Walter Pereira y José Sahonero lo hicimos el día 26.
Con todo el equipo personal y asistidos por las mulas de Don Santiago Olmedo, iniciamos la marcha de acercamiento con rumbo noroeste, moviéndonos a través de estribaciones que nos hacían ganar altura lentamente, pero que no suponían ninguna dificultad técnica. Al cabo de unas ocho horas de marcha, alcanzamos una ladera de suave pendiente donde existía la última vertiente, en el lugar conocido como Agua de la Vicuña, donde instalamos el Campamento Nº 1 a 4.900 m.s.n.m., aproximadamente. Al día siguiente, muy temprano nos pusimos en pié para levantar el campamento y distribuir de la manera más equitativa todas las cargas (carpas, comida, calentadores, etc.), pues a partir de ese punto, solo contábamos con nuestras mochilas para transportar todo lo necesario. Continuamos ascendiendo la ladera de suave pendiente por espacio de una hora o más, hasta alcanzar un portezuelo a 5.200 m.s.n.m. desde donde, mirando hacia el oeste y por primera vez, podíamos ver al Ojos del Salado en plenitud. Una mole inconmensurable, de color gris oscuro con mucha nieve en su cara sur y con la típica forma de gorro frigio que habíamos visto en algunas fotos, se apareció ante nuestros ojos. Descendimos unos pocos metros para alcanzar El Arenal, una serie de ondulaciones muy blandas con mucha arena, que va ganando altura muy lentamente, hasta llegar al emplazamiento del Campamento Nº2, a 5.200 m.s.n.m., aproximadamente. A la tarde aparecieron nubes del oeste que viajaban a gran velocidad, deshilachándose en el aire a medida que se dirigían hacia el este, y descargando sobre nosotros algunos copos de nieve.
Amanece el 28 de enero, y temprano levantamos el campamento y nos ponemos en marcha cruzando las últimas ondulaciones arenosas, empezando a ganar altura con mayor decisión. Poco después del medio día, pisando los 5.800 m.s.n.m., alcanzamos el Campamento Nº 3 instalado por el primer grupo al pie de la cara sureste del Ojos del Salado, protegido por unos contrafuertes de roca y junto a un gran nevé. Los muchachos estaban rebosantes: el día anterior y tras una durísima jornada, todos habían alcanzado la cumbre a excepción de Federico Gómez, que debió descender con un fuerte cuadro de deshidratación. Abrazos y apretones de manos sirvieron para saludar y despedir a la vez al primer grupo que retornaba al Campamento Base.
A las tres de la mañana del 29 de enero, empezaron a sonar las alarmas de los relojes en las cinco carpas de altura en que estábamos distribuidos. Afuera, un silencio sepulcral indicaba la ausencia de viento, y una rápida mirada a través de la puerta de la carpa mostraba un cielo lleno de estrellas. De a uno por vez, nos íbamos vistiendo, colocándonos el pantalón impermeable, las polainas, las botitas interiores de los zapatos, la campera, el anorak, y finalmente, en un esfuerzo casi sobre humano, la cáscara exterior de los zapatos plásticos. Después de alistar la cantimplora con agua, jugos, pasas y chocolates varios, a las 5 de la mañana, cerrábamos las carpas vacías, y piqueta en mano, encaramos el nevé en busca de nuestro sueño. Un frío intenso nos envolvía, mientras ganábamos altura rápidamente en la nieve dura con una pendiente promedio de 40º, viéndonos obligados a tallar escalones en algunos pasos más expuestos; la aparición del sol trajo alivio a nuestras manos y pies, totalmente insensibles a esa altura. A las 10 de la mañana alcanzamos los 6.200 m.s.n.m., momento en que la ladera sur adquiría menos pendiente, volviéndose más tendida. Conforme pasaban las horas, cada vez nos movíamos con más lentitud sobre un acarreo oscuro, como consecuencia de la falta de oxígeno y del cansancio creciente. Quince o veinte pasos, y parábamos para recuperar el aliento, pero un sol magnífico y la ausencia de nubes nos estimulaban a seguir. Alrededor de las 4 de la tarde, cerca de los 6.800 m.s.n.m., al encontrar los restos de un helicóptero de una corporación minera chilena, sabíamos que la cumbre estaba muy cerca. El ruido del viento en el filo cumbrero y un fuerte olor a azufre nos animaban a seguir. Dos resaltes de roca bastante exigentes a esa altura, nos permitieron alcanzar el filo cumbrero, y unos minutos después, el premio a tanto esfuerzo: la posibilidad de respirar el aire leve de la cumbre del Ojos del Salado a 6.864 m.s.n.m. Un sueño hecho realidad.
Abrazos, risas, llantos, tanta emoción contenida, tanto esfuerzo previo felizmente coronado. Los once integrantes del “Requecho” estábamos en la cumbre del segundo volcán más alto de América. A partir de allí, ya solo quedaba bajar, regresar al Campamento Nº 3, hidratarnos y descansar.
 
Regreso con gloria.
El 30 desarmamos el Campamento Nº 3 y desandamos el trayecto hasta el Campamento Base, llegando a este último al anochecer, donde nuevamente Willie Herrera encabezó las lógicas cargadas a “Las Estrellas”, ante el rotundo éxito del “Requecho”. Al día siguiente, desarmamos el Campamento Base y el 1 de febrero iniciamos el regreso a Cazadero Grande, donde nos esperaban vehículos de Gendarmería Nacional y de la Municipalidad de Fiambalá, arribando a esta última a las 12 de la noche, donde, para sorpresa nuestra, todo el pueblo nos esperaba en la plaza principal. Un par de días en la Hostería nos sirvieron para recuperar fuerzas e iniciar el regreso a San Fernando del Valle, donde una verdadera caravana nos esperaba frente al Hotel Sussex, para transmitirnos su afecto. Lo que siguió fueron festejos y más festejos.
 
Años después.
            Algunos años después, establecido en Catamarca, al incorporarme como socio de la Agrupación de Montaña Calchaquí, empecé a conocer el origen y la historia de esta Institución. Y casualmente, fue la conquista del Ojos del Salado la que motivó la creación de la misma, allá por julio de 1.955. Y poco después, en enero de 1.956, René Peralta, Carlos García, Antonio Carrazana y Julio Díaz realizaron el primer intento al segundo volcán más alto de América por la vertiente sureste, y si bien no alcanzaron la cumbre, supieron abrir un camino y sembrar un ideal que abría de alcanzarse 32 años después, al lograr el objetivo fundacional de la A.M.C.
 
 
David H. Lucero









Copyright © por Agrupación de Montaña Calchaquí Derechos Reservados.

Publicado en: 2009-04-03 (6084 Lecturas)

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