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Expedición Volcán Inca Huasi 2.009





Diario de EXPEDICION AL Vn. INCA HUASI (6.638 m.s.n.m.) – Dpto. Tinogasta.
 
La Idea.
Estando en etapa de descanso a la vera de las aguas termales de Fiambalá –estado poco sacrificado de “recuperación” con miras a emprender el segundo proyecto que la A.M.C. tenía entre sus planes, el ascenso al Vn. Pissis (6.882 m.s.n.m.)-, luego de conquistar la cumbre del Volcán San Francisco (6.020 m.s.n.m.) por parte de los alumnos del Curso de Iniciación a la Montaña 2008 (C.I.M.), los integrantes del segundo proyecto nos reunimos a coordinar tareas.
En aquel momento de charla, expresé ante mis compañeros de expedición un imprevisto pero certero comentario respecto que no estaba mentalizada con dicho proyecto. Sea por las exigencias físicas y de tiempo que requiere tan inmensa tarea (de lo que tenía pleno conocimiento por haber intentado infructuosamente llegar a su cumbre, en Enero de 1999), o por falta de motivación psicológica, lo cierto es que decidimos de pleno acuerdo –avalado por Martín Barros, Jefe de la expedición originaria-, que el proyecto se dividiese en dos objetivos: el Pissis por una parte, que sería intentado por seis compañeros, y el Cerro Inca Huasi por los restantes tres.
Fue así que Christian Borgogno, José Manuel Mana y yo, emprendimos la inquietante responsabilidad de intentar llevar el nombre de la A.M.C. y nuestras propias existencias, a la cumbre del Inca Huasi.
Con la certeza de haber tomado una buena decisión, esa noche pernoctamos todos junto en las mismas Termas de Fiambalá, iluminados por un espléndida luna llena y acunados por el murmullo del agua tibia de la montaña. Entre ensueños de ascensiones anteriores, de cumbres conquistadas y algunas frustraciones pasadas, logré conciliar el sueño.

La tormenta se abate sobre el Inca Huasi, tapando su cumbre.

 
La mañana del lunes 12 de enero nos sorprendió muy temprano, con el bullicio de los trabajadores municipales aprestados a la higiene del lugar: recolectaron residuos, vaciaron y limpiaron los piletones, barrieron los patios, limpiaron las parrillas, desmontaron estructuras precarias del lugar y, obviamente, nos invitaron a abandonar el predio para tales tareas; luego nos enteramos que el motivo de tal “movida” era la inauguración de las nuevas obras ejecutadas por la Municipalidad las que, por qué no decirlo? son una preciosura, pero Qué Pena para nosotros… siempre están ocupadas o reservadas...
La “invitación” nos vino perfecta, pues ya no podríamos remolonear pensando en un chapuzón previo al reordenamiento de los equipos, de los comestibles, de la ropa sucia y otros bártulos. Inmediatamente, acomodamos la carga en la camioneta -cual “tétrix”- y bajamos hacia la ciudad de Fiambalá a recargar combustible, a intentar infructuosamente retirar dinero de los cajeros automáticos, y a almorzar suculentamente en “Oh, La Lá” (Gracias Francesita! tus comidas son un bálsamo para el estómago y el espíritu!).
A las 14:00 horas ya estábamos a toda música en la ruta, camino al “Paso”, con la urgencia de llegar temprano para poder acomodarnos en el refugio de Vialidad Provincial y poder descansar –al fin– sobre una cómoda cama con colchón y almohada, luego de nueve noches durmiendo sobre ripio, arena, rocas o lajas.
Al llegar al campamento, aproximadamente a las 17:30 horas, nos reencontramos con Eduardo Campos –excelente guía de la zona y verdadero “Amigo”- y los “Riocuartenses” Ale, Paola y Javier, montañeros que intentaron coronar el Inca Huasi en días anteriores, aunque la montaña no se lo permitió en esta oportunidad.
Conversando sobre los movimientos de los días subsiguientes, reacomodamos los planes en función del paso de los vehículos del Rally Dakar por el paraje que nos alojaba. Así, decidimos destinar el martes 13 y el miércoles 14 de enero para aclimatar, tomar fotografías a los espectaculares vehículos de la competencia y, por qué nó, para “hacer sociales” con los cuantiosos visitantes, compatriotas e internacionales, que se detenían en el lugar.
 
El Ascenso.
Así, llegó el jueves 15, día programado para iniciar el ascenso al coloso Inca Huasi.
Amanecimos muy temprano, a las 6:30 horas; el día se presentaba espléndido, a pleno sol y sin viento. Ultimamos detalles del equipo, cerramos mochilas, desayunamos y en silencio –como casi siempre-, nos dirigimos en vehículo por el camino que lleva a las “Termas de Las Grutas”, para luego virar hacia el oeste siguiendo el recorrido de la huella que contornea y separa los pies del “San Francisco” y los del “Incahuasi”. Llegamos a ritmo lento, luego de 18 km de terreno irregular y pedregoso, hasta el lugar elegido para estacionar el vehículo, a los 4600 m.s.n.m. Eran las 10:30 horas.
A esta altitud, las rocas volcánicas -piedras pómez- redondeadas y de pequeño tamaño, tapizan todo el entorno con un gris claro, formando ondulaciones suaves y blandas que nos hicieron presuponer que la marcha sería tediosa y larga. Y así fue.
A las 11:00 horas ya habíamos comenzado la marcha, vestidos sólo con la “primera capa” por la intensa insolación, pero usando botas plásticas “dobles” dado las características del terreno. Apenas habían transcurrido dos horas de la trabajosa marcha cuando, pisando los 4.950 m.s.n.m., Christian manifestó no poder recuperar o reducir su frecuencia cardíaca como era esperado, y  un dolor punzante en el pecho que posiblemente fuera producto de una angina que venía evitando desde días atrás. Esta lamentable novedad puso en jaque la continuidad de la expedición puesto que, además de tener que organizar la evacuación de Christian, debíamos redistribuir el equipo originariamente previsto para tres personas, reduciéndolo suficientemente para poder ser transportado sólo por dos personas.
Luego de analizar ambas cuestiones, decidimos por unanimidad que la expedición continuaría, ahora sólo con dos integrantes, mientras que Christian descendería en solitario hasta el vehículo, lugar donde sería recibido por Eduardo, quien ya estaba al tanto de los acontecimientos gracias a la continua comunicación por handy con el campamento base de “Las Grutas”. En silencio, emprendimos la marcha nuevamente.
Ascendimos por la ruta indicada por Eduardo, contorneando por el oeste los “volcancitos colorados” que se encuentran en la base del “Inca Chico”, hasta llegar a los 5.019 m.s.n.m., lugar elegido al abrigo del viento y a pleno sol, para instalar el Campamento I de altura; era la hora 14:30.
Desplegamos la carpa, armamos el hornillo para calentar agua y a las 17:00 horas nos aprestamos a tomar una suculenta y merecida merienda: mate cocido bien endulzado, barras de cereal, queso y galletas de agua, todo bajo los intensos rayos solares que a esta altura, sin sombra alguna, no dan tregua.
Aproximadamente a las 20:00 horas –como se había pautado previamente– establecimos comunicación mediante radio con el personal apostado en Gendarmería Nacional de “Las Grutas”; ello, gracias a la generosa colaboración de Víctor Peralta, quien integra el Grupo Especializado en Alta Montaña del Escuadrón Tinogasta de Gendarmería Nacional. Tales comunicaciones fueron acordadas para dos momentos del día: a las 14:00 y las 20:00 horas, salvo en caso de urgencia o necesidad, claro está.
Luego llegó la hora de la cena: arroz primavera y sopa, jugo y un par de barras de chocolate de postre. Nos aprestamos a descansar a partir de las 22:00 horas, sabiendo que al día siguiente nos esperaba una durísima jornada de ascenso por la vía elegida: un acarreo que se mostraba firme, protegido del viento, pero que luego nos sorprendería con su insoportable inestabilidad.
Hasta este momento, los planes originales para el ascenso no se habían modificado: dos campamentos de altura; ascenso por la vertiente sur de las aristas del “acarreo triangulito” indicado por Eduardo -para evitar el viento-; un segundo campamento, aproximadamente a 5.900 m.s.n.m. en el vértice del acarreo y, finalmente, ascender por el filo del glaciar (plateau cumbrero) hacia la cumbre, el día sábado 17.
Al fin la noche trajo el descanso aunque a plena luz de la luna menguante, la que nos iluminaba aún dentro de la carpa; ello no impidió que nuestras mentes se aquietaran y el sueño llegara.
 

      Derritiendo nieve en las laderas del Inca Huasi.

 
El viernes 16 se presentó con idénticas condiciones meteorológicas que los días anteriores: sin viento, cielo absolutamente despejado y muy frío; tan es así que la carpa, a las 06:40 horas, estaba tapizada de escarcha, por fuera y por dentro, con una temperatura de – 10 ºC en el exterior.
A esa hora empezamos la tarea de alimentarnos, levantar el campamento, equiparnos para el ascenso, todo con un muy buen ánimo, pues hasta el momento, ni José Manuel ni yo habíamos padecido los efectos atormentadores de la altura. Teníamos la ilusión de llegar a la cumbre, las fuerzas para empezar el ascenso y el espíritu reconfortado con tanta belleza a nuestro alrededor. Nada podía fallar.
Comenzamos el ascenso por el acarreo que denominamos “NNE” a las 8:50 horas, primero siguiendo un zig zag, luego pisando una huella bien marcada en sentido perpendicular al nivel de base; luego nuevamente zigzag…. Era interminable, abominable, destructible…
Descansábamos sin sentarnos cada 15 o 20 pasos, y aliviando las piernas y espalda del peso de la mochila, cada 20 minutos. Aproximadamente a las 14:00 horas comenzó a correr un fuerte viento frío que provenía de la zona baja, con sentido NE – SO y que, contrariamente a la mala reputación que tiene el viento en general, resultó un aliciente para seguir subiendo, pues empujaba con fuerza nuestras mochilas hacia arriba y más arriba, hecho que atemperó -en parte– nuestro sufrimiento. De este modo, muy lentamente, seguimos ascendiendo con la esperanza de encontrar prontamente las plataformas que nos recomendara Eduardo para armar la carpa. Llegamos hasta una pequeña prominencia de rocas que tenían el aspecto de “circo glaciario”, pero sin hielo.
Sin más titubeos, decidimos que éste sería nuestro segundo campamento, a los 5800 m.s.n.m. Eran las 16:30 horas y ya no contábamos con fuerzas suficientes para seguir ascendiendo una pendiente cada vez más fuerte por la proximidad al filo cumbrero. Concluimos, entonces, que era más prudente descansar y recién al día siguiente recuperar altura y atacar la cumbre. Así se hizo.
Captando el empeño con que mi joven compañero de expedición registraba datos técnicos en el GPS, consideré interesante que a partir de aquel momento, su experiencia en este evento quedase registrada personalmente por él en el diario de expedición; fue así que le pasé la posta y con sincero entusiasmo manifestó por escrito lo siguiente (respecto del viernes 16 de enero):
 

Los interminables acarreos de piedra pómez de la cara noreste del Inca Huasi.
 
Después de un largo día de trabajo, llegamos al límite de nuestras fuerzas y convenimos en vivaquear en un lugar un poco menos empinado.
Con mucho trabajo, logramos montar lo que llamaríamos campamento dos y donde pasamos la noche casi de pie por la pendiente, y haciendo equilibrio con el calentador para derretir un poco de nieve para hidratarnos. Después de una hora de descanso, aproximadamente a las 17:00 horas, nos sorprendió una tormenta de granizo primero y nieve después, y que con rayos y mucho viento nos acompañó toda la tarde.
Cenamos y dormimos en lo que esa noche creímos eran 5900 m.s.n.m.
La mañana siguiente (del sábado 17), llegó diáfana y trabajosa con las obligaciones que implican el derretir nieve, vestirse y preparar equipos de ataque. Con la marcha descubrimos que el ánimo y el cuerpo estaban igual de cansados, cuando supimos que todavía no alcanzábamos la altura planeada para el día anterior, y que tampoco habíamos alcanzado el punto establecido para el campamento dos.
Caminando, sumidos en un silencio profundo, empezamos a pensar que no coronaríamos el volcán ese día. La pendiente y el acarreo de piedras pómez parecían no dar descanso, la nieve ponía todo mas complicado aún, y el clima parecía defender la cumbre con nubes oscuras y el rumor de una despiadada tormenta.
Con una comunicación con el campamento de Gendarmería Nacional, y no sin la lógica tristeza, confirmamos la sospecha, no llegaríamos este año a la cumbre, la montaña dijo NO y nosotros debíamos bajar al resguardo del campo base de Las Grutas.
Emprendimos el complicado descenso, marcado por caídas, golpes y una suave nevada que parecía seguirnos para asegurarse que nos fuésemos. A las dos de la tarde, después de desarmar nuestro precario campo dos, continuamos el escape por el suave acarreo que nos llevó al campo uno y, después de doblar a la izquierda, a la base donde avistamos la camioneta y confirmamos el fin de la expedición.
Una hora pasó, y con poco éxito buscamos la huella que nos llevaría a Las Grutas, al encontrarla, muy despacio viajamos al encuentro de Christian, nuestro equipo, y la ruta camino a casa. José Manuel”
 
Y así fue; resignamos nuestras propias aspiraciones dando lugar a la prudencia.
El informe de las 11:00 horas de Gendarmería Nacional nos indicaba que, habían recibido noticias fehacientes que se aproximaba rápidamente un frente frío desde el Pacífico, por lo que sólo nos quedaban cuatro a cinco horas para tocar la cumbre y descender en condiciones seguras. A la altura que nos encontrábamos, eso no sería posible sin correr el riesgo de ser atrapados por la tormenta.
Entonces, acordamos sin titubeos descender; luego advertimos que esa decisión -momento clave de toda expedición- fue la más certera que pudimos tomar, pues apenas emprendimos el descenso hacia el Campo I (a las 14:00 horas), comenzó a soplar una suave brisa desde la zona de cumbre acompañada de pequeños copos de nieve. Poco tiempo después, a las 15:30 horas estábamos en la zona del Campo I recuperando parte del equipo que dejamos bajo una roca (parte de la vajilla y comida), y prestos a almorzar: nuevamente galletas con queso mantecoso, jugo, caramelos y almendras. Inmediatamente, las oscuras nubes nos amenazaban para que continuásemos la marcha.
            De ese modo, con los ojos húmedos por la emoción que implica tener que renunciar a nuestra meta, pero con la firme convicción que sólo nos separó de la cumbre un día de buen tiempo, que “la naturaleza” no estaba dispuesta a regalarnos, descendimos hasta la base del cerro volteando la mirada a cada momento, como vigilando que las nubes no nos atrapasen, y jurándole al “Inca”, una y otra vez, que la próxima temporada nos encontraría nuevamente por sus faldeos intentando saborear la dicha de llegar a su Cumbre.
 
 
 
 
 
Claudia Cardozo de Riol
    Jefe de Expedición
 









Copyright © por Agrupación de Montaña Calchaquí Derechos Reservados.

Publicado en: 2009-04-06 (3345 Lecturas)

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