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Vn. Pissis 1.999





PISSIS 1.999: Mi primera experiencia en alta montaña.
(aún me pregunto: no será mucho por ser la primera?)



La idea comenzó a gestarse en las primeras reuniones de la Comisión Directiva de la A.M.C. del año 1.998. Planificábamos las actividades para ese año, cuando alguien propuso incluir este proyecto como cierre de las actividades en montaña. Entonces… mi sueño personal empezaba a tomar forma, ir a la cordillera…. y ya estaba embarcada en lo que sería mi primera experiencia en alta montaña, el Cerro Pissis.
Confieso que por ese entonces no tenía mucha idea de lo que me esperaba, ni aún cuando se hablaba de los 6.882 metros de este coloso.
Claro que los comentarios de mis compañeros sobre sus experiencias anteriores, resultaban suficiente estímulo como para empezar a preocuparme por acondicionar el cuerpo, buscar el equipo, empezar a gestionar los aportes económicos para el grupo y, principalmente, idear la manera de coordinar las vacaciones de verano junto a mi familia, por un lado, y este desafío absolutamente individual, por el otro; todo se sumaba a mi ansiedad.
La conformación del grupo original era de 10 personas. Así empezamos con reuniones preparatorias quincenales. Luego, por inconvenientes familiares o económicos, el número se redujo a los que definitivamente integraríamos el grupo de siete compañeros: Rubén Perea, Ángel Ireba, Víctor Bulacios, Sergio Valdéz, Estela Delgado, Hugo Romero y yo. De a poco, se consolidó un grupo excepcional, colaborador, solidario, con una misma meta y el mismo entusiasmo por compartir esta hazaña.

A partir del mes de septiembre, las reuniones comenzaron a ser semanales -sea en la casa de Estela o en la mía- para chequear equipos, armar y componer las carpas, coordinar la compra de comestibles y otros pertrechos, intercambiar comentarios sobre el avance de nuestra preparación física individual (Estela y yo nos propusimos un plan conjunto dirigido por Paulo Medina, en el Centro de Acondicionamiento Físico del Polideportivo Capital).
Así, llegó diciembre y todo estaba listo. Sabíamos que con la llegada del fin de año, tendríamos que separarnos, pero no podíamos dejar nada librado al azar; luego, cuando nos reencontrásemos, lo sería en el Campamento Base y muy tarde para acordarnos de los detalles.

Es así que los primeros días de enero de 1.999, viajé con mi familia a pasar las vacaciones en Brasil (Florianópolis), a la playa –6000 metros más abajo que mi futuro objetivo-, circunstancia que hubiera sido un gran inconveniente de no haber aprovechado la arena, las dunas y las extensas playas para fortalecer mis piernas y aumentar la capacidad aeróbica; en tan “sacrificado” ambiente tuve que continuar mi entrenamiento personal…
• Llegó el 16 de enero; ese día mis compañeros emprendieron el viaje hacia la cordillera catamarqueña cargando “todo”, incluso mi equipo personal, el que luego extrañaría a más no poder. También cargaron consigo parte de mí misma, mi presencia virtual, pues instalaron un campamento para siete personas, cuando en realidad eran seis; la tolerancia y comprensión que me demostraron mis compañeros, no se encuentra a la vuelta de cada esquina…
Al grupo me sumé recién el día lunes 18 de enero, luego de pasar raudamente el 16 por la Ciudad de Córdoba, el 17 por Catamarca y pernoctar esa noche en Fiambalá, todo en el lapso de dos días. Siempre tuve bien claro que eso me podía costar muy caro al intentar aclimatar.

• El 18 de enero ya en Fiambalá, me sumé a un grupo de tres montañistas de la provincia de Buenos Aires que se encontraban “aclimatando” en la zona (en auto, cosa que me parecía raro) y tomando fotografías (eran excelentes!); con ellos emprendí la aproximación hacia la cordillera, saliendo a las 11:30 horas en una camioneta 4x4 desde la ciudad de Fiambalá, llegando a La Coipa a las 13:00 para almorzar; a las 14:30 horas arribamos al campamento minero de la “Laguna de los Aparejos”, a 4.300 m.s.n.m. En este punto nos encontramos con Jhonson Reynoso, quien acompañaba a un geólogo chileno en sus estudios de suelo; Jhonson nos facilitó la posición geográfica del lugar: 27º 41’ 08” S y 68º 26’ 36” O; desde allí pudimos establecer contacto por radio con mis compañeros del Campamento Base montado en el Valle Ancho.
De mi estadía en la Mina de los Aparejos tengo dos importantes recuerdos: aprendí la primera receta casera para el mal de altura (la “puna”): ensalada de cebolla cruda y jugo de limón; también ahí aprendí la mas importante lección para un montañista: no separarse NUNCA de su equipo!!
Esa primera noche en la cordillera, no fue como lo imaginaba estando en la playa: fue para mí un verdadero desastre! Sin mi equipo personal (bolsa de dormir, abrigo, aislante, entre otros chiches), en una carpita para dos personas, dormimos (bah! en realidad sólo lo intenté) tres personas, sin posibilidad de abrir ventana alguna (pues la carpa no la tenía) y con -15ºC afuera… así comencé a debutar en cordillera…
 


El Campamento Base instalado en el Valle Ancho; al fondo a la derecha, el Pissis.


• El día siguiente (19 de enero) fue dedicado a trasladarnos hasta el Valle Ancho, donde mis compañeros instalaron el Campamento Base; a éste arribamos a las 14:30 horas, justo para el almuerzo. Acomodé mis bártulos en el lugar que me tenía reservado Estela en la carpa; instalé mi pequeña tienda junto a nuestro dormitorio, la que oficiaría de almacén de equipos. Llegó la hora de la cena con la famosa ensalada de cebolla (puah!), cuentos (las famosas fábulas de Rubén y Hugo), anécdotas, chocolate para el postre y a descansar a las 23:00 horas. La noche me regaló un perfecto descanso, como tratando de compensarme por lo que se venía…
 


El Campamento Base en plena actividad.


• El 20 de enero amanecimos a las 8:00; luego del desayuno, emprendimos una caminata de tres horas ascendiendo a Los Colorados; desde el filo cumbrero de ésta, pudimos visualizar en su plenitud a nuestro “objetivo” y tomar fotos preciosas de las cinco cumbres del Pissis. Ya lo estábamos saboreando…
De regreso al campamento, las tareas del almuerzo y los preparativos de equipo nos insumieron toda la tarde; de esta manera había llegado el último día de aclimatación y la última noche de verdadero descanso -para mis compañeros-, porque en realidad a mí, me faltaron 48 horas más de aclimatación (eso lo supe al cabo del tiempo).

• El jueves 21 nos encontró a todos despiertos a las 6:20 horas. El “arranque” hacia la cumbre nos mantenía ansiosos, nerviosos por no olvidar “algo” que luego podríamos lamentar. Distribuimos en cinco bultos exactamente iguales, toda la carga común; en ese momento tenía ganas de gritar: “No vale che… a mí me dieron más… qué mal me veo!  Adónde quedaron los modales de caballeros??” pero me contuve… me comporté como se esperaba y cargué (aún no sé cómo…) todo en mis espaldas. Otra lección que aprendía: aquí, todos somos iguales!!!
Así, tropezando desde el mismo intento por cruzar el arroyo congelado, a las 8:30 horas emprendimos la larga caminata hacia los “penitentes”, siendo acompañados por Hugo y Estela, quienes regresarían a partir de ese punto para ocuparse del campamento base y mantenernos en contacto con el resto del mundo. Tardamos 3 horas en llegar hasta allí. Entre lágrimas y abrazos, nos despedimos de Bicho y Estela; para mí, la separación de mi compañera significaba algo muy fuerte, aunque no lo parezca: implicaba que desde ese momento estaría sola para cubrir mis necesidades y hábitos femeninos. Y que no es poco esfuerzo, sólo lo sabemos las mujeres…
El recorrido hasta el Campamento I de altura lo desandamos en dos grupos, que se fueron formando espontáneamente, según el ritmo de marcha: Angel y Víctor en primer término, Sergio, Rubén y yo, en el segundo. Anduvimos varias horas subiendo y bajando, una tras otra, con un somnoliento y ondulante ritmo, las terminaciones de los filos que se pierden en el valle; subir, bajar, subir… jadear… a paso muy lento y silencioso. La excusa del almuerzo a las 14:00 horas nos vino de maravillas para reponer fuerzas e hidratarnos al abrigo del viento.

 


Iniciando el ascenso hacia el Campamento II: Víctor Bulacios, Claudia Cardozo, Rubén Perea y Sergio Valdez.

Llegamos al lugar indicado para instalar el Campamento I a los 4.900 m.s.n.m. a las 19:15 horas. Una hora y media más tarde, teníamos montado el campamento de dos carpas y nos aprestamos a preparar la cena. El descanso lo teníamos bien ganado…

• El viernes 22: amanecimos a las 7:00 horas con –9ºC; mis compañeros de tienda me dejaron hacer “fiaca” en la carpa hasta las 8:00, aprovechando ellos primero, el baño. A esa hora, el calor del sol apenas comenzaba a sentirse y el viento estaba ausente; eso nos permitió ventilar y secar las bolsas de dormir; mientras tanto, derretimos y calentamos agua para el desayuno, desarmamos las carpas y redujimos parte de la carga para depositarla bajo unas rocas, las que luego recogeríamos de regreso. En este punto dejamos algunas ropas, conservas en lata, fideos, etc., pero nada del equipo personal.
A las 10:00 horas ya estábamos listos para emprender el ascenso por una pendiente bastante abrupta, pisando acarreo y, para colmo, usando unas botas de astronauta con las que ni el viento me podía voltear! Con mucho esfuerzo, a las 12:30 horas llegamos a la lengua del glaciar cuando de pronto escucho a Angel anunciar: “preparáte que vamos a gramponear”. “Excelente, qué bueno!” le dije; pero en realidad, no tenía ni idea de cómo se hacía. No obstante ello -y como algunos dicen: “todo lo que se aprende en algún momento te sirve”-, saqué a relucir mis dotes de “artesana” y entre mis dedos duros por el frío, los guantes que se me volaban y la mini “llavecita” inglesa que tenía, al final pude corregir el tamaño de mis “super grampones”, teñidos de óxido y calzármelos, ajustando como pude las correas de cuero congelado. Y bueno, es lo que había….
Con mucho cuidado “montamos” el glaciar, que en este sector presenta forma de cuchillas muy afiladas, cruzándolas cual vallas, una tras otra, separadas entre sí por angostas pero profundas canaletas que dejaban ver un fondo celeste. Primero lo hizo Víctor, luego Rubén, Sergio, yo y Ángel -honrando su nombre de “protector”– cerraba la marcha.
A partir de ese punto, una fuerte pendiente de acarreo nos separaba del Campamento II de altura, a los 5.300 m.s.n.m.; a éste llegamos casi sin fuerzas a las 16:00 horas, advirtiendo con Sergio que Rubén no estaba bien; manifestaba estar descompuesto, con náuseas pero consciente; nos reunimos para distribuir las tareas: unos abrigamos a Rubén en su bolsa de dormir; otro calentaba agua para preparar té y el resto armaba las carpas. Aquí el viento no daba tregua; no existía más reparo que una roca mediana redondeada detrás de la cual instalamos las carpas.

 

 
El Campamento II a 5.300 m.s.n.m., a orillas del Glaciar de los Argentinos.

 

Eran las 18:00 cuando tuvimos todo listo; Rubén se recuperaba de su estado, pero conservaba una fuerte congestión nasal; eso definiría su actividad del día siguiente. Estando más relajados y en calor, nos reunimos en la carpa que compartían Rubén y Víctor para definir la estrategia a seguir al día siguiente; ésto mientras preparábamos la cena de sopa y “Capelletis a los 4 quesos”.
Cenamos a las 20:30 horas; a las 22:00 nos dispusimos a descansar. Durante la cena se concretó el cambio en el plan de “ataque” a la cumbre: atendiendo al estado de Rubén y mi lentitud en el ascenso, se decidió que Víctor y Sergio (los que se encontraban en mejores condiciones físicas), emprenderían el ataque a la madrugada, mientras que el resto, ascendería tranquilo hasta un tercer campamento a montarse a los 5.900 m.s.n.m., e intentaríamos la cumbre el día domingo. Con esta convicción nos fuimos a descansar.
Esa noche se presentó muy fría, a tal punto que mi botella de agua, aún dentro de la carpa y envuelta en un paño, amaneció congelada.
• El sábado 23 desperté a las 8:00 horas y Ángel me cuenta que Sergio había salido con Víctor a las 4:00 hacia la cima; dentro de la carpa la temperatura era -15ºC, todo estaba congelado y encima, debíamos derretir el hielo para el desayuno dentro de la carpa, pues el viento era muy fuerte y permanente.


 
El ascenso hacia el Campamento III; al fondo a la distancia, la cara sur del Tres Cruces.

 

Nos dispusimos a levantar una carpa para llevarla hasta el Campamento III, dejando la otra armada para Sergio y Víctor, para su regreso; partimos a las 10:00 horas hacia arriba y nos encontramos con Sergio que venía descendiendo con mucho esfuerzo, pues su ropa no era la adecuada para el intenso frío y el fuerte viento que corría; él sólo quería llegar hasta el campamento para calentarse un poco; aparte de eso, estaba bien. También nos comentó en el encuentro que Víctor había decidido no ascender a la cumbre ese mismo día, sino que nos esperaba a los 5.900 metros, lugar donde se instalaría el C III. Seguimos nuestro ascenso; a las 16:00 horas, Víctor salió a nuestro encuentro en el lugar donde instalaríamos el C III. La alegría de ese encuentro no me hizo olvidar lo mal que me sentía en esos momento: en estado deplorable! con mucho dolor de cabeza, en la nuca y sobre los ojos, con intensa sequedad en la nariz y la boca, a pesar que todo el tiempo la tenía cubierta para respirar aire más cálido y húmedo. Mis compañeros no están en mejores condiciones que yo, y eso para nada me consolaba, pues sabía que ese estado complicaba nuestros planes y me advertía que la noche sería muy complicada: debíamos dormir en una tienda para tres, cuatro personas. Sólo nos reconfortamos un poco al tomar un mate cocido bien caliente, pero la tarde se hacía muy larga al tener que permanecer encerrados en la carpa por el intenso frío y el viento.
El tema del baño, mejor ni mencionarlo, incomodidad inigualable… aunque… a costa de alejarme del campamento para tener privacidad, encontré una bella cueva tipo “hornero” con la puerta al reparo del viento y una enorme ventana que mostraba el valle. Era realmente fantástica la vista que tenía desde mi “toilette” privado, un verdadero privilegio que me tenía reservada la “pacha”. Eso, valió el esfuerzo de llegar hasta allí (suena más a consuelo que a convicción, no?).
A las 20:00 horas iniciamos la cena, que consistió apenas en una sopa; en esa oportunidad, se fijaron los planes para el día siguiente: Víctor ascendería a la cumbre y de regreso, bajaría directamente hasta el CII; el resto del grupo (Ángel, Rubén y yo) descansaríamos todo el día domingo para intentar la cumbre el lunes bien temprano; claro está, si las condiciones personales y del tiempo nos lo permitían.
Esa noche fue tremenda para mí (luego me enteré que para el resto, también); no pude descansar por la falta de aire, la sensación de asfixia y la necesidad de ingerir líquido que por esa hora estaba congelado a pesar de haber previsto guardarlo dentro de la bolsa; peor aún, cuando me dí cuenta que la causa de mi malestar era la falta de aire (de oxígeno), impulsivamente saqué mi cabeza por la puerta de la carpa para intentar dormir en esa posición y, vaya sorpresa!, casi al instante se me helaron hasta los ojos!!... y más aún, creía ver relámpagos o luces en el cielo a lo lejos, lo que me asustó un poco y me obligó a volver entrar a la carpa a la posición anterior: parece que el susto me vino bien, pues recién entonces pude conciliar el sueño; claro que, ya eran las 7 de la mañana y algunos se aprestaban a levantarse...
A mis compañeros, tampoco les fue bien esa noche: todos habíamos padecido el enrarecimiento del aire dentro de la carpa; por estar congelada, la humedad condensada en el interior que impedía la ventilación normal… sí, son gajes del oficio, ya aprendí. De todos modos, la noche había sido fantástica, estrellada, despejada y con luna en cuarto menguante…(otro consuelo?).

• Domingo 24: amanecer en esas condiciones, es terrible!! Mucho dolor de cabeza, los ojos hinchadísimos, con la boca seca y las mucosas nasales encostradas. El panorama era tétrico: todos estábamos muy afectados por la altura, excepto Víctor que sólo manifiesta edema en la cara; ante esta nueva circunstancia, Ángel toma la delantera y propuso regresar al CII; yo me sumé inmediatamente a su propuesta, a pesar que mis piernas estaban en perfectas condiciones, pero el dolor de cabeza se hacía más agudo al correr las horas; Rubén por su parte, manifestó que no estaba en condiciones de pasar el día sólo en el C III esperando al lunes para emprender la cumbre, y por eso se sumaba al inmediato descenso. En ese estado, sólo quedaba Víctor para intentar la cumbre. Así, a las 9:00 horas, le acompañamos unos metros en su ascenso con una doble y contradictoria sensación: de alegría y aliento para Víctor, y de tristeza por nuestra deserción. Luego supimos que fue una decisión acertada, prudente y madura.
Luego de acomodar la carga, a las 11:00 horas emprendimos el descenso hacia el CII, arribando a las 14:00, y siendo recibidos por el fuerte abrazo de Sergio. Aquí los muchachos se aprestaron a armar nuevamente la carpa, ocasión que aproveché disimuladamente para dormirme una siestita. A las 15:30 horas, con sorpresa, recibimos la comunicación de Víctor, que entre jadeos y llanto, gritaba CUMBRE!! comentando además no haber encontrado testimonio alguno en ninguna de las dos cumbres que pisó; ya estaba descendiendo. Ese contacto radial me erizó la piel, se llenaron de lágrimas mis ojos y los de todos mis compañeros; espontáneamente nos abrazamos cual hinchas de fútbol cuando celebran un gol. Y sí, era un golazo de todos, a pesar que uno sólo pudo patearlo…
El reencuentro con Víctor en el Campamento II también fué muy emotivo; sentí –y mis compañeros demostraron igual sensación– que ese grupito de personas integramos una UNIDAD, que por momentos se había separado en partes, ahora volvía a juntarse, a unirse en el abrazo fraternal de un mismo sentimiento: de amistad!
Ya reunidos en las carpas, Víctor nos relató cómo conquistó la cumbre y los pormenores de su esfuerzo; mientras escuchábamos atentos, tomamos sopa. Luego, intentamos descansar.

• Lúnes 25: amanecí a las 8:00 horas y, como siempre, con dolor de cabeza, con sensación de encierro y sequedad en las vías respiratorias. Era el día apropiado para el descenso hacia el Campamento Base. Por haber acampado en las inmediaciones –aunque no establecieron contacto con nuestro grupo-, teníamos conocimiento que el grupo de montañistas de Buenos Aires estaba presto para intentar la cumbre ese mismo día.
Era el día del cumpleaños de Rubén. Como regalo, le dimos la posta para que decidiese a qué hora bajar: y dispuso que fuese al mediodía.
En todo el tiempo que restaba hasta el emprender el descenso, reflexionaba sobre lo que se estaba acabando: el sueño cumplido y el precio de ese sueño; también reflexionaba sobre lo que añoraba: las cosas cotidianas, la comodidad de mi casa, mi familia: ya necesitaba regresar. A las 12:30 horas, emprendemos el regreso haciendo una nueva ruta, por donde ascendieron los chicos de Buenos Aires: un acarreo que discurre por la quebrada de un arroyo. A las 14:30 llegamos a la zona próxima al C I, donde dejamos nuestras pertenencias; para evitar la demora que significaba que todos cruzásemos la lengua del glaciar, sólo Víctor y Sergio lo hicieron, pero como eran muchas las cosas para cargar, sólo recogieron los alimentos perecederos y decidieron dejar las prendas para otra oportunidad. Así, Rubén y yo vimos mermado nuestro patrimonio personal (al menos hasta que volvamos a rescatarlo).
Todos reunidos nuevamente, a las 16:00 horas llegamos a los penitentes, lugar donde decidimos almorzar unos capelletis y dormir una “siestita” (a mí, cualquier roca o hielito me viene bien, já). Seguimos cuesta abajo hacia el Valle Ancho, encontrándonos en la zona en que el glaciar está cubierto por tierra roja con Julián (de Bs.As.) y… su auto!! Buenísimo!! Amablemente nos ofreció acercarnos hasta el Campamento Base y por supuesto, aceptamos de una: estábamos a 15 km del campamento base. Llegamos a éste a las 20:30 horas; ahí nos esperaba un suculento guiso preparado por Estela y Bicho, con postre incluido: un increíble flan de vainilla. Felíz cumple compañero Rubén!!!
Más tarde, los dos montañistas que intentaron hacer cumbre ese mismo día anunciaron por radio su regreso al valle ancho; Julián y Víctor fueron a su encuentro. Regresaron todos a las 2:00 de la mañana; para ese entonces, el resto de los expedicionarios ya estábamos entregados al dulce encanto de los aromas de la bolsa de dormir… sin previa ducha, ni lavado de cabellera, ni higiene dental… pero eso qué nos importaba!, igual era todo un PLACER poder descansar… luego de tanto esfuerzo!!!! LO MERECIAMOS!!!!!!!!!!!!

• El martes 26 el sol obligó a Estela y a mí, a salir de la carpa pues calentaba a pleno a las 8:30 horas. Desayunamos mate y todos con las caras sonrientes nos organizamos para preparar el almuerzo: las risas, los relatos de anécdotas, las cargadas nos alegraron la mañana; claro, mirándonos al detalle, parecíamos como vueltos de un campo de concentración, no por estar delgados, sino por la facha y la alegría que nos producía estar todos juntos nuevamente; era paradójico: tanto desgaste físico, tanto esfuerzo y sacrificio y, sin embargo, estábamos Felices!
Las ganas de seguir caminando no se habían agotado para mí: Estela y Hugo propusieron recorrer la zona de las lagunas circulares ubicadas al NE del campamento y allí fuimos; el recorrido demandó cuatro horas en total. Ya al atardecer, tomamos unos matecitos con galletas que venían sobrando y a las 22:00, decidimos con Estela  retirarnos a leer a la carpa; más tarde, el resto –los varones- se aprestaron a preparar un tremendo omelette con papas fritas (qué asco, a esa hora!!!).

• El Miércoles 27 era el último día de nuestra expedición. Amanecimos a las 8:30 horas y en silencio, comenzamos a desarmar el campamento, acomodar los comestibles, arriar la bandera puesta en la antena, tapar los pozos, acomodar las piedras, borrar las huellas de nuestro asentamiento. Fueron momentos reflexivos, aunque nadie lo advirtiese.
En horas del mediodía, llegaron los vehículos a buscarnos; ya regresando y durante el viaje, pude ver que, con disimulo, mis compañeros y yo misma, volvimos varias veces la cabeza para despedirnos y retener la imagen del que fuera nuestro “hogar” por diez maravillosos, intensos, inolvidables, únicos e irrepetibles días y noches.
A él prometimos regresar -si la vida nos brinda una nueva oportunidad-, con el mismo ideal de disfrutarlo sin mezquindades, con el corazón abierto a todas las emociones que nos provoque, con la certeza que estaremos dando lo mejor de nosotros mismos.
Ya de regreso en la villa de Fiambalá, tampoco pudimos separarnos sin volver a revivir las emociones compartidas; nos costaba decir “adiós”. Festejamos comiendo unos grandísimos sándwiches de milanesa en un barcito del centro y luego sí, nos retiramos a descansar….
Pero los festejos no terminaron allí… Continuaron, ya de regreso en la ciudad Capital, en mi casa y con todas las familias, comiendo -ahora sí– el infaltable “asadito”, y degustando unos buenísimos tintillos que nos habíamos jurado compartir, estando afectados por la puna a los 5.900 m.s.n.m. AMEN.


Claudia Cardozo de Riol.

 









Copyright © por Agrupación de Montaña Calchaquí Derechos Reservados.

Publicado en: 2009-08-03 (4096 Lecturas)

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